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¡Hola a TODOS!
Aún estoy leyendo las dos páginas anteriores y…. ¡Qué pasada! ¡Habéis escrito un montón! Y son bastantes las versiones que habéis puesto sobre el posible “Harry Potter 7”.
HP, ¡No seas tan crítico contigo mismo!
A la hora de escribir, cada uno tenemos nuestro estilo propio y lo que tú escribiste está muy bien. Es tan válido como lo de cualquiera. ¡Anímate y sigue poniendo fragmentos!
Yo, en vista de todos los fragmentos que van escribiendo por aquí, me he animado definitivamente y he decidido que, si los demás pueden, ¿por qué no yo?
Espero que no os importe que, de momento, no participe en esa versión conjunta que tenéis pensado escribir. Estoy un poco liada escribiendo la mía para mis amigos.
Ahora tengo que volver a casa. Pero creo que mañana podré entrar de nuevo en la página para escribir un poco. Aunque no estoy muy segura.
De momento aquí os dejo casi la mitad del 2º capítulo de “HARRY POTTER Y LA MANO DEL OTRO”. ¡Espero que os guste!
¡Besitos a todos! 8-)
Conforme iba subiendo la escalera, Harry era más y más consciente de lo que acababa de suceder ante sus ojos. Nunca había visto a su tía tan desarmada ni perder la compostura de ese modo. Sólo la había visto llorar una vez antes, cuando Harry llevó a Dudley a casa después de ser atacados por dos Dementores, pero nunca de un modo tan convulsivo y descontrolado. * ¡Ojala me hubiera dicho todo esto hace años! *, pensó. * ¡Ojalá me hubiera cuidado como a un hijo! ¡Qué diferente habría sido todo! *.
Al llegar a su habitación, su corazón aún palpitaba como si acabara de correr una maratón. Era increíble todo lo que había experimentado en un espacio tan corto de tiempo: no sólo había descubierto que era capaz de emplear la Legeremancia, aunque no sabía cómo lo había hecho, sino que su tía le había pedido disculpas por lo mal que se había comportado con él durante 16 tortuosos años, desde su llegada al número cuatro de Privet Drive.
La imagen de Dumbledore sentado junto al fuego y hablando con él no se apartaba de su mente. Había sido doloroso volver a verlo tan vivo, tan sereno. Harry sentía cómo sus ojos se empañaban por la emoción.
“Dumbledore”, susurró.
Se sintió un poco mareado y tomó asiento en la cama. Zarco graznaba nerviosamente en la jaula y Hedwig se posó sobre la rodilla de su amo y le picoteó cariñosamente en la mano. Parecía preocupada por Harry y lo miró tiernamente con sus enormes ojos ambarinos.
“Gracias, Hedwig”, dijo el muchacho. “¡Cómo le echo de menos! Dumbledore ha sido lo más parecido a un abuelo que he tenido nunca. Manteníamos la distancia, pero me miraba con cariño, como un abuelo mira a su nieto, orgulloso del hombre en el que se está convirtiendo. ¡Debí morir yo y no él! ¡Snape debió matarme a mí y no a él! Siempre pensé que si tenía la oportunidad de matarme lo haría... Y la tuvo. Yo estaba desarmado, como Dumbledore, pero... ¡claro! , su Amo quiere hacerlo en persona. ¡Lo siento, Snape!” rió Harry con sarcasmo. “No se puede tener todo”.
Harry le dio a Hedwig un trocito del beicon que aún tenía en la mano y otro a Zarco, quien se había quedado en silencio. La lechuza volvió a lo alto del armario y el cuervo emitió un suave graznido al recibir la ofrenda. “Debe ser duro quedarse con la miel en los labios. Que se lo digan al bicho que estuvo a punto de cogerte. ¿Verdad,... Zarco?”. Durante un buen rato, Harry observó al córvido, quien devolvió una altiva mirada al muchacho. El chico sonrió con amargura y pensó: *Ya falta menos. Ron y Hermione llegan hoy *; y se echó en la cama para descansar del sordo dolor en el pecho de quien lleva tiempo reprimiendo una profunda tristeza. Echó una ojeada al herido y cerró lentamente los ojos, no sin antes hacer lo propio con su mente para evitar intrusiones indeseables. Seguro de estar a solas con sus pensamientos, volvió a sonreír y el cálido rostro de su Ginny le devolvió el dulce gesto.
Tras un reparador descanso de algo más de media hora, Harry se desperezó, echó un vistazo a Zarco que miraba con avidez hacia la ventana, levantó la mirada hacia Hedwig que dormitaba plácidamente en lo alto del armario y aguzó el oído. La casa estaba bastante tranquila; en la cocina tintineaban los cubiertos, tazas y platos que tía Petunia debía estar fregando en ese momento. *Tío Vernon ya se habrá ido al trabajo*, pensó. A lo lejos se oían las voces de Dudley y sus amigotes, el terror del barrio, que se alejaban riendo socarronamente en dirección al parque, probablemente en busca de algún solitario incauto.
La luz del sol se filtraba cabezonamente entre las rendijas de la persiana a medio bajar. Eran las nueve de la mañana y empezaba a hacer un calor casi sofocante. No es que la temperatura fuera extremadamente alta pero, después de tantos días neblinosos, al cuerpo le costaba asimilar el cambio.
Harry cogió el libro de Snape para repasar algunas cosas, pero la ansiada llegada de sus amigos se hacía esperar y los nervios empezaban a contraerle dolorosamente el estómago. Dejó la lectura para más tarde, retiró la jaula del baúl y guardó el libro con el resto de sus cosas. Hedwig seguía durmiendo, ajena al movimiento de la habitación. Colocó la jaula sobre el escritorio y metió las manos en la jaula para coger con cuidado a Zarco y, sin sacarlo de la jaula, comprobar la evolución de sus heridas. Al retirar los vendajes, el ave dio un graznido de reproche pues el hilo de una gasa se había pegado ligeramente a una de las costras.
“Lo siento, pero tengo que hacerte una última cura. Sí, creo que ésta será la última. Mañana no hará falta que te ponga más vendas. Tienes buena encarnadura y cicatrizas rápido, pero aún no puedo dejarte libre porque seguramente no llegarías muy lejos y Dudley tiene la carabina preparada. Te pondré en libertad en cuanto tengas fuerza suficiente.”
Zarco observaba al chico mientras éste le limpiaba cuidadosamente las heridas y las empapaba con yodo. “Supongo que no me entiendes pero, cuando estás acostumbrado a vivir con la única compañía de una lechuza, acabas hablando con los animales como si lo hicieras con una persona de escasa conversación.”
El cuervo entornó los ojillos agradecido cuando Harry acabó de ponerle unos vendajes limpios y volvió a colocar la jaula sobre el baúl.
“Vuelvo enseguida. Tú duerme un poquito.”
Fue hacia la puerta y salió al pasillo en dirección a la escalera. La casa olía a los productos de limpieza que tía Petunia empleaba tan obsesivamente en su afán por adecentar la casa. Tras las palabras que ella había pronunciado hacía sólo unas dos horas, Harry empezaba a entender un poquito más ese exacerbado ímpetu por la limpieza del hogar. Pensó que, muy posiblemente, estuviera relacionado con el hecho de no tener la conciencia totalmente limpia en lo referente a su hermana y su sobrino.
Al llegar a la cocina la encontró sacando brillo a los platos de porcelana que solía guardar en una vitrina del salón y que nunca utilizaban.
“Hola”, dijo él.
“Hola”, respondió ella.
Harry puso a calentar un poco de agua para ponerse una manzanilla con tila. Era una situación bastante incómoda. Tía y sobrino se miraban sin saber muy bien qué decir, lo cual no era extraño dado el poco hábito que ambos tenían en esas lides. Finalmente, tras unos angustiosos diez segundos, decidieron zanjar el asunto con una tensa sonrisa. Ella volvió a su porcelana y él se giró para observar el suave borboteo del agua. Cuatro veces comprobó el fuego de la cocina. *Vamos, caliéntate* decía Harry para sus adentros. *¿Qué pasa? ¿Por qué no hierve ya?*
Un par de minutos más tarde, cogió una bolsita de cada infusión, las colocó en una taza, echó el agua hirviendo en ella, añadió una cucharada de azúcar y tras un tímido “adiós”, respondido por otro igualmente tímido, salió de la incómoda estancia hacia el maravilloso pasillo.
Harry suspiró aliviado y oyó a su tía respirar profundamente en la cocina. Habían superado la prueba y mantenido sus orgullos intactos. El Elegido no recordaba haber pasado por una situación tan embarazosa en toda su vida. Bueno, sí que había vivido una situación más incómoda todavía hacía casi un año. Harry sonrió abiertamente al recordarlo. Ahora le hacía gracia pero, en aquel momento, resultó bastante abochornante oír cómo le gusta a la Sra. Weasley que su marido la llame en la intimidad. * ¡Pobre mujer! * pensó. * No sé cuál de los dos pasó más vergüenza *. Cuando subió las escaleras aún reía en silencio mientras unas joviales lágrimas inundaban sus verdes ojos.
Ya en la habitación, se tomó la infusión y sacó del baúl el Libro reglamentario de hechizos, sexto curso, su ejemplar de Enfrentarse a lo indefinible, el libro de Elaboración Avanzada de Pociones de Snape, el libro Transformaciones, nivel superior y la colección de libros Magia defensiva práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras que Sirius y Lupin le regalaron en la Navidad que pasó junto a su padrino en el Cuartel General de la Orden del Fénix. *Tengo que repasarlo todo *, pensó. *Que no vaya a volver a Hogwarts no significa que me permita el lujo de olvidar todo lo que allí he aprendido *.
Durante cuatro fructíferas horas, estuvo repasando los libros página a página y, para su satisfacción, comprobó que, al cerrar su mente, sus capacidades cognoscitivas habían aumentado tanto que todo cuanto leía quedaba grabado en su mente. Normalmente se distraía con una simple motita de polvo pero, al parecer, su capacidad de concentración había aumentado hasta límites insospechados.
Sólo unos repetidos golpes en la puerta lograron arrancarlo de su ensimismamiento. Era tía Petunia que, extrañada porque no había bajado a comer, había subido a verlo. * Un momento *, pensó Harry. *¿Mi tía preocupada porque no he bajado a comer? Vaya, vaya. ¡Aquí pasa algo! *
“ ¡Quieta!”, dijo Harry en el momento en que la mujer se disponía a salir por la puerta. “¿Quién eres?” preguntó con la varita en la mano.
“¿Cómo?”
Zarco se puso muy tenso y Hedwig despertó sobresaltada.
“¡Tú no eres mi tía!”
“¿Qué?”
“¿Qué le has hecho?”
“¿A qué te refieres? ¡No me apuntes con eso!”
“¿Dónde está mi tía?”
“Ha-Harry, m-me estás asustando”.
“Tú la has suplantado tomando poción multijugos, ¿verdad?. Espero por tu bien que no haya sufrido ningún daño.”
“¿Po-poción qué?”
“Buen intento, pero te ha salido el tiro por la culata, amigo. Llegas a esta casa y crees poder suplantar sin más a mi tía. Has cometido un gran error porque a ella, por increíble que te parezca, jamás le preocupó que no comiera.”
“Lo-lo siento...”, gimoteó la mujer.
“¿Quién eres?”
“Soy tu tía”.
“No, imposible. ¿Quién eres?”
“So-soy yo, Harry. D-de verdad.” Contestó mirando aprensivamente la varita que el muchacho sostenía con sorprendente firmeza.
“¡No! ¡Mientes!”
“No...no. De verdad”, sollozó. “Comprendo que tengas tus dudas. Es que, cuando aquella noche el Sr. Dumbledore me miró a los ojos mientras hablaba, todo lo malo que te hice a lo largo de estos años pasó por mi mente a toda velocidad y yo....yo....”. Volvió a pasar; Harry estaba viendo a Dumbledore sentado junto al fuego, ésta vez visto desde la posición de tía Petunia, y una serie de imágenes vertiginosas cruzaron ante él.”...yo ¡Me arrepiento tanto! No me di cuenta de lo horrible que he sido contigo hasta que lo vi desde fuera, como una espectadora.”
“Eres tú”, susurró Harry bajando la varita.
“Sí. Comprendo que hayas tenido tus dudas. Yo también las tendría en tu lugar. Entiendo que mi arrepentimiento pueda no convencerte, pero te aseguro que llevo un año recriminándome todo cuanto te he hecho.”
“Eres tú”, decía Harry con un hilo de voz.
“Sí. No sabía cómo decírtelo pero, cuando Vernon osó exigirte que pagaras por tu manutención en esta casa, en tu casa, no pude callar por más tiempo. No podía permitir una injusticia más contra ti”.
“Tía”.
“Harry”.
Los dos se miraron fijamente anegados por las lágrimas y, de pronto, sucedió algo más increíble todavía que el arrepentimiento de la Sra. Dursley: se abrazaron.
No hizo falta decir nada más. Zarco y Hedwig guardaban un respetuoso silencio y Harry, al fin, sintió cómo tía Petunia lo abrazaba maternalmente, como tantas veces antes hiciera la Sra. Weasley.
Tras un rápido tentempié, pues la emoción no le dejó comer mucho, volvió a su habitación donde Hedwig y Zarco seguían mirándolo como si no dieran crédito a lo que acababan de ver sus ojos.
“Es raro, ¿verdad Hedwig? ¡Qué bien me habría venido esto cuando era tan pequeño e indefenso!”
Volvió a sus libros para mantener los nervios ocupados pues, con tantos acontecimientos, el día parecía tener más horas de las acostumbradas. Unas treinta páginas más tarde del segundo tomo de la colección que le regalaron los mejores amigos de su padre, sonó al fin el timbre de la puerta principal.
“¡Ya están aquí!” dijo a sus compañeros de cuarto con una sonrisa de oreja a oreja. Y salió disparado hacia las escaleras, justo a tiempo de ver a tía Petunia abriendo la puerta.
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