Atalaya: desde la tela de araña

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[Libro #21] The Underground Man, de Ross McDonald

2018-08-06 10:53 Siempre he defendido que las novelas negras funcionan relativamente bien como literatura de viajes; la investigación de un crimen implica moverse por todos los ámbitos de una ciudad y por todos los estratos sociales, y hacer todo tipo de afirmaciones sobre la misma. En el segundo párrafo de esta novela, Lew Archer, el detective y narrador en primera persona, afirma (traducción libre mía)

El aire fresco, oliendo a océano fresco y a un Los Angeles occidental ligeramente usado, se coló en el apartamento


Ahí tienes algo que no va a aparecer en las guías, como el cielo de ciudad de México en las novelas de William Gibson. Por supuesto, el libro se compra por la atmósfera de una ciudad que te transmite, pero al final se lee por el crimen, que es de lo que se trata.

En este caso, un (posible) secuestro de un niño, vecino ocasional del detective, que se complica más adelante con un asesinato. Lew Archer navega por las mansiones de los cañones, cerca de la naturaleza, donde se encuentran las personas con posibles, y los barrios bajos donde, repetidamente, se encuentra con niños de tez oscura jugando en la calle. El detective habla poco y escucha a todo el mundo, desenredando poco a poco una historia sucedida muchos años atrás, pero que acaba provocando un incendio y un reguero de muertes en el presente.
La información, bien dosificada, te acaba conduciendo a ti como lector y a Lew Archer a una solución que no es la ideal, pero es la que hay. Con eso tiene que lidiar el detective, más interesado en encajar todas las piezas del puzzle que en hacer justicia. La justicia ya se encargará de dirimir quién es quién.
En eso, entre otras muchas cosas como la época, se distingue esta novela de los procedurales con Harry Bosch tales como The reversal. Lew Archer es un solitario, y poco se transmite de su estado de ánimo y de su historia. Alguna percepción, revelación sobre su pasado, poco más; en muchos casos se trata de explicar su estado de ánimo más que de proporcionar una motivación para su visión de un crimen. Harry, pese a todo, no está nunca solo. Tiene a sus compañeros del departamento de policía, a su familia. Todos ellos lo definen y lo dibujan claramente; en este caso y al menos en esta novela, Lew Archer queda bastante indefinido más allá del detective clásico de novela, de mediana edad, un poco bebedor pero sin pasarse.
Al final, la novela cumple el objetivo de proporcionar una solución para todos los problemas de los clientes del detective, muy pocos para los problemas de la ciudad, que entre swingers y habitantes de moteles, queda más bien desdibujada. Pero da igual. El libro, y el autor, posiblemente, merecen la pena.

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