Sólo ella es capaz de enfrentarse a este reto: Hablar de ningún sitio. O sea, de Trieste. Una ciudad que fue el puerto del imperio austrohúngaro, que pasó brevemente por Yugoslavia y que finalmente se ha convertido en una ciudad en el extremo de Italia, más cerca de Croacia y de Eslovenia que de cualquier centro urbano italiano significativo. Si alquien te dice que ha ido a Trieste, pensarás que hay alguna convención de la industria del Zapato o que se casa algún primo lejano. Es, literalmente, ningún sitio, que tiene, por tanto, ese encanto que tienen sólo los sitios que no le importan a nadie, poblados de estatuas a próceres que no recuerda nadie y que olvidaron la función para la que fueron creados y no han sido investidos de ninguna nueva, afortunadamente.
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